Los amigos caninos

Mi familia siempre ha sido de perros. Toda la vida, desde que nací, he convivido con perros. Llegué a tener 3 o 4 perros al mismo tiempo. Tal vez no sean muchos pero si es un número considerable. Jamás hubo un espacio entre uno y otro, más bien se traslapaban.

Cuando me casé, dejé a Bellota en casa de mis papás. Una labrador negra hermosa que no podía tener en un departamento de 90 metros.

Pasaron apenas 4 meses en lo que convencí al señor del hogar de tener perro. Fue entre chantaje y apuesta como llegó mi amada Hannah al hogar matrimonial.

Mi marido nunca había tenido un perro. El único defecto que tiene mi suegra es que no le gustan los animales. Bueno tal vez tenga más pero el punto no es ventanearla.

La verdad es que le tomó muy poco tiempo encariñarse y perder la cabeza por la perra, es, de verdad, un amor de animal.

Cinco años transcurrieron desde que Hannah llegó a nuestra casa hasta que llegó #minispeedy y se le acabó el reinado. Aquella que fue la consentida y disfrutó de nuestra cama para ella sola, esa que hacía lo que quería y se trepaba a todos lados pasó al piso sin saber de que se trataba el show.

La perra estaba extrañada sobre las nuevas reglas y la nueva cosa que entraba y salía de la casa y a la que todos le hacían tanto caso. No sabía que era eso nuevo a la que tanta fiesta le hacíamos pero tampoco le prestaba mucha atención.

Pero llegó el día en que #minispeedy empezó a gatear. Entonces si que se enojó. Creo yo, que al verlo en 4 patas como ella imaginó que de plano se iba a adueñar de su territorio. Entonces empezó la guerra. Cada que lo veía en el piso le gruñía y se enojaba. Lo olía por todos lados y ponía cara de enojo. Jamás, jamás le hizo nada pero no estaba feliz de su presencia.

Una vez que pasamos de las 4 a las dos patas todo fue mejor, porque entendió que no había competencia. Entendió que #minispeedy era humano y que era parte de la familia. Y se empezaron a querer.

Cuando todo iba bien llegó la otra cosa extraña, igualito que la anterior, ósea #miniplausi, y repetimos la historia pero igual terminaron por quererse.

Hoy por hoy son grandes amigos. Bueno, Hannah con sus 11 años, ya no es muy paciente; sin contar que la raza realmente no es tan niñera. Sin embargo, la verdad respeta mucho a los niños, los defiende y les da chance de que jueguen con ella siempre y cuando le hagan cariños ricos.

En el inter de toda esta historia, mi Bellota amada se fue al cielo de los perros y después la siguió el último perro que quedaba en casa de mis papás, así que mi papá decidió regalarle a mi madre una labrador color miel super bonita. Una decisión de lo más rara porque mi papá vive con alergia a los perros. Todos pensamos que cuando había partido el último ya no habría más pero llegó Ina.

Ina llegó a nuestra vida un enero como regalo retrasado de Navidad, o regalo de Reyes, bueno llegó. #minsipeedy estaba pequeñín y #miniplausi todavía no existía.

#minispeedy se enamoró de la cachorra en un instante y se desenamoró más rápido que nada porque esa mini cachorra que podía cargar un día, al poco tiempo creció más que él y se emocionó tanto de verlo que le brincó y lo tiró de nalgas. Desde ese día cada vez que la veía corría despavorido y algunas veces hasta lloraba.

Para cuando #minplausi llegó Ina ya tenía tamaño adulto y mi chamaca creció teniéndole miedo a semejante caballo.

Para suerte de Ina vivimos en una ciudad diferente y realmente no la vemos tan seguido. Porque cada vez que mis hijos llegan a casa de los abuelos, la pobre perra pasa más tiempo del que normalmente pasa afuera o encerrada pues los chamacos escandalosos le tienen miedo.

Yo siempre he intentado que no le tengan miedo. Intento acercarlos y que aprendan a respetarla. También le hemos enseñado a la perra que no es necesario brincarles porque los asusta.

Para mi, es importante que mis hijos quieran y respeten a los animales y no que les tengan miedo. Por lo que si he sido insistente en que traten de llevarse bien con Ina.

Así que llegaron las vacaciones de verano de este año y llegamos de visita a casa de mis papás. Ya desde la última visita habíamos logrado que al menos pudieran cruzar el patio para salir de la casa sin encerrar a la pobre perra en su casa así que desde ahí retomamos.

Al segundo o tercer día de haber llegado un día se encontraron niños y perra en la cocina. Nadie dijo nada, nadie salió corriendo, nadie brincó para tirar al prójimo. Y de repente, ya estaban los niños acariciando a la perra y dándole su medicina. Fueron a buscar una pelota y comenzaron a aventarla para que la trajera.

Ahora ya tienen otra amiga canina.

Gracias por leer

LaPeorMamá

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