Díganme si soy la única:

Se escuchaba decir a tu papá:

¿Porqué esta calificación? ¡No puede ser que repruebes!

Y uno recurría a:

A todos nos fue igual de mal pa. Estuvo súper difícil el examen. – Y no mentía, las pocas veces que reprobé normalmente a todo el salón le había ido fatal.

A mi los demás no me importan. – Contestaba muy serio mi papá. – A mi me importas tú. Tus calificaciones. Los demás le importan a sus papás.

Y bueno, entiendo el punto. Pero la verdad es que si yo reprobaba y la mitad del salón también, yo si me sentía mejor. O menos peor, como lo quieran ver.

Cuando nació #minispeedy, tuve momentos horribles. De plano lo quería regresar. “¿En que pensaba cuando decidí tener hijos?” Pensaba yo en secreto.

Afortunadamente, tengo un par de muy buenas amigas que fueron mamás con meses e incluso días de diferencia, con las que me podía desahogar sin tener miedo a que van a decir.

¿Saben cuales eran mis pláticas favoritas? En las que confesábamos que en muchos momentos, ser mamá era horrible.

Y es que creo, que mucho más de alegrarme de la desgracia ajena, el saberme acompañada, el sentir que no soy la única ayuda mucho.

Cuando doy curso, durante la primera sesión les pregunto a mis alumnos (papás y mamás), ¿con que sentimiento llegan?

Generalmente más de uno, si no es que todos tienen un sentimiento de frustración, desesperación o algo parecido con respecto a la crianza y comportamientos de sus hijos.

Son sentimientos difíciles de reconocer con respecto a nuestros hijos, pero una vez que una persona los expresa, el resto del grupo los secunda. Y no, no es por decir lo mismo, es porque se sienten o nos sentimos identificados y comprendidos.

El darnos cuenta de que no somos los únicos que tenemos problemas, o que nos sentimos de alguna forma, nos da tranquilidad.

Así es como llego a la conclusión de que la desgracia ajena me ayuda a superar la mía.

La semana pasada hice una video llamada con un par de amigas muy queridas con las que platiqué de muchas cosas, tenía tiempo que no hablábamos pues vivimos en diferentes estados y, siendo sinceras, somos muy flojas para buscarnos. Pero amor hay.

Entre las cosas que platicamos, obviamente tocamos el tema de la pandemia, el encierro, la escuela de los niños desde casa, los maridos haciendo home office, el estar sin ayuda en casa, etc.

Las tres nos sentimos desesperadas ante el encierro.

Las tres compartimos el miedo de enfermarnos o de que alguno de nuestros familiares se enferme.

Platicamos también de la psicosis que nos da el salir al super.

Compartimos el estrés que nos ataca ante los niños tomando clases desde casa en línea y lo mucho que nos demanda, y quiero decirle que una de ellas tiene 1 hijo, la otra 4 y yo 2. Pero nos estresa de igual manera porque no es algo a lo que estemos acostumbradas.

Coincidimos en lo mucho que a veces nos cuesta buscar actividades para que los niños se entretengan.

Bueno, hasta aceptamos que hemos bebido un poco más de lo que bebíamos antes del encierro. ¿Apoco ustedes no?

¿A donde voy con todo esto?

Cuando terminamos la llamada, que duró solamente 4 horas. Si, 4 horas. Me sentí muy tranquila. El miedo, la angustia y el estrés no disminuyeron pero me ayudó mucho saber que no soy la única.

Así que llegué a esta terrible conclusión:
Que tú te sientas igual de mal que yo me hace sentir mejor.

Medítenlo, platiquen con sus amigos y amigas muy sinceramente. Hablen de sus sentimientos, sus miedos, sus angustias, su estrés y verán que no son los únicos y sobre todo, se van a sentir menos mal.

¿Quién más se siente harto como yo?

Gracias por leer

#LaPeorMamá