Los mudanceros llegan antes de que den las 9 de la mañana. Aún me estaba comiendo mi huesito con jamón.

Entran cargados de cajas y material para envolver.

¿Por donde empezamos señora?

Y por supuesto yo ya tenía toda una estrategia a seguir. No es la primera vez que me mudo con ellos así que doy las indicaciones.

Son cinco personas que se reparten en las diferentes áreas de la casa. Mi recámara hoy aun no la deben tocar porque me quedo sin lugar donde dormir.

El señor de la casa, los niños, la perra y yo nos metemos a mi recámara para no estorbar porque los señores van de un lado al otro sin parar. Lo único que se escucha es el sonido de la cinta para pegar las cajas. Juuuuuuik, juuuuuik.

A los niños los llevo a casa de una amiga que muy amablemente los recibe para que no tengan que estar metidos todo el día en la mudanza y jueguen con sus hijos. Sinceramente me salva de estar lidiando con tanta cosa.

Cuando llego de dejar a mis hijos en casa ajena encuentro la estancia de la entrada prácticamente llena de cajas y la cocina empacada casi al 80%.

No puedo explicarles la habilidad que tienen estos señores para empacar cualquier cosa. Vasos, platos, sillones, jarrones, ropa, muebles. Todo, todo lo empacan a la perfección y muy rápido.

Paran a la una de la tarde para “echar un taco” y más presurosos que nada vuelven a arrancar. A las 6 de la tarde que se van a descansar encuentro mi sala, comedor y cocina empacadas (faltaban un par de platones, la mesa del comedor y las sillas que yo pedí que me dejaran). Ya habían empacado la recámara de mis hijos y la de visitas. En realidad solo faltaba mi recámara.

Al final del día me siento muy cansada pero sobre todo culpable. ¡Si yo no hice nada! No puedo imaginar como se sienten los pobres hombres que no han parado de empacar en 8 horas.

Duermo profunda, no sueño nada. O no me acuerdo. Es algo normal en mi.

El segundo día es muy parecido. A las 9 de la mañana ya están tocando el timbre. Pero hoy si terminé de desayunar antes.

Mis hijos se sientan en la puerta de la casa a observar a los señores como se ponen de acuerdo.

Mamá, hacen chin chan pu para ver que le toca empacar a cada quien. – Me dice #miniplausi. Y yo pienso, lo más eficiente, si no es así ¿como?

Arrancan de nuevo, ahora si tienen que empacar mi recámara, ya no hay donde refugiarse. De nuevo llevo a mis hijos a casa de mi amiga, o de sus amigos, todos somos amigos.

Esta vez me quedo a tomar un cafecito porque se que en mi casa ya no hay en donde sentarse de una forma cómoda.

Paso también a entregar algunas cosas a otra amiga que me despide en su cocina con su-sana y con quien me echo un chisme cachetón de una media hora.

Al llegar a mi casa, me doy cuenta que entre una cosa y otra hace dos horas que me fui y pienso que mi marido me va a querer matar. Pero él es bueno como el pan y me recibe con una sonrisa en la cara.

Cuando me fijo, me doy cuenta de que prácticamente ya está todo empacado.

A la 1 en punto llegó un camión a recolectar las cosas. Empiezan a cargarlo.

En algún momento de mi vida, hacía ejercicios de cubicaje para meter la mayor cantidad de artículos en un corrugado y que fuera más eficiente la distribución. En ocasiones era complicado por las formas de las cajas a cubicar. No debí haberme quejado jamás, estos hombres son los masters del cubicaje.

Saben perfectamente donde meter cada cosa y que cosa meter en cada hueco del camión para que todo quepa.

Frente a mi pasan y pasan los señores con cajas, bultos, muebles, y más cajas. Suben y suben cosas hasta que ya no cabe nada más.

En la camioneta cabe lo demás. – Dice uno.

Pues de una vez. – Le contesta el otro.

Son ya más de las 3 de la tarde y no han comido porque quieren terminar. Y como yo soy bien solidaria, tampoco hemos comido el hombre de la casa y yo.

Siguen subiendo cosas ahora en la otra camioneta en la que llegaron con el material. Suben mi cama, la cama de mis hijos y muchas otras cajas y yo pienso: A mi no me cabrían ni mis maletas.

Al último bajan la caminadora y todos andan mentando madres porque pesa muchísimo y yo solo puedo pensar. Pobres hombres, llegando allá todo lo tienen que subir ¡8 pisos! Pero prefiero no decir nada.

Se van a las 5:20 de la tarde. Mi casa está vacía. No queda mas que polvo que me pongo a barrer y observo las paredes y los techos que fueron mi hogar por 3 años. Me llega la tristeza y la nostalgia. Ya se terminó esta etapa. Ya me voy de Monterrey a donde tanto me costo llegar y tanto me dió.

Vámonos por nuevas experiencias, vamos a ver como carambas suben toda mi casa 8 pisos.

Gracias por leer

#LaPeorMamá