¡Ya estamos de vacaciones! – Gritaron mis hijos el viernes pasado que les dije que era la última actividad de la escuela.

Por alguna razón, aunque supieran que no íbamos a salir a ningún lado, literalmente, ellos estaban muy emocionados.

Normalmente, cuando son vacaciones, nos vamos a la CDMX para ver a la familia y los amigos. Y ese era el plan hasta que dejó de serlo por la pandemia que hoy vivimos.

Sin embargo, las vacaciones para mis hijos también significan salir completamente de la rutina. Dejar de seguir horarios para hacer lo que quieran. Bueno, casi lo que quieran.

Se desvelan, se levantan tarde, comen mugrero y medio, se apagan las alarmas, juegan y ven tele o cualquier dispositivo disponible, en fin, casi todas las reglas desaparecen.

Así que, entiendo su emoción de librarse de este gendarme que tienen por madre por un tiempo y pasar tiempo con la señora relajada que llega con las vacaciones. O algo cercano a una señora relajada.

Ellos tenían muy claro el porque de su emoción. Yo por mas que la buscaba, no la encontraba porque los planes se perdieron y si hay algo que me mortifica, es que me cambien los planes. Pero como todo tiene algo positivo, me puse a pensar un poco que podía hacer yo en mis vacaciones.

Me di cuenta de que aun cuando estoy de vacaciones soy demasiado estricta y controladora conmigo misma así que decidí soltar lo más que se pueda. A ver si puedo.

Primero que nada decidí no maquillarme, y eso desde que empezó el encierro. Primero, porque por alguna razón se me llenó la cara de ronchas y después pues porque ¿ya para que?

Tampoco me peino. Bueno, retomé mi extrañada cola de caballo o chongo como le dicen los regios. Siempre me va a causar conflicto que le llamen chongo a la cola de caballo pero ese no es el punto ahorita. Dejé de secarme el cabello y alaciarlo.

Siempre he preferido traer el cabello amarrado, aunque no se vea tan arreglado pero no siempre se puede. Pues ahora si, todos los días. Además estoy experimentando con los turbantes, no me veo nada mal. Según yo.

Estuve a punto de tomar la decisión de no quitarme la pijama en toda la vacación, pero recapacité porque eso significaría dos cosas: la primera no hacer ejercicio, lo cual podría lograr sin problemas pero la verdad es que necesito correr para sentirme bien, aunque me cueste como una hora subirme a la caminadora cada vez que lo hago. La segunda, que no sabría si aun me queda mi ropa, y para como está la tragadera de la cuarentena, más vale ir viendo si aún cierran los jeans.

La dieta. ¡Ah! ¡La dieta! Para que les miento. No estoy siguiendo la dieta y por eso retomo el punto anterior de vestirme diario para medir que tanto ha sido tantito. No me he dejado ir del todo pero vaya que he pecado. Pero como bien hemos visto en un sin fin de memes, estar encerrado da hambre. O mínimo da la sensación de tener hambre. Puro oscio.

¿Limpiar la casa? ¿Para que les digo mentiras? Nunca la limpio. Osea no la limpio yo, una señora me ayuda con ese punto porque de verdad que no nací para eso. O en su defecto nunca me lo inculcaron. Pero ahora la señora, también se queda en su casa.

Así que limpio lo estrictamente necesario, ósea poco. Barro, bueno la barredora barre. Trapeo si de plano veo que ya el piso esta terrible. Lavo platos porque no hay platos que alcancen y por supuesto que no usaré desechables. Lavo ropa porque si no, ya andaríamos encuerados. Aunque mi propuesta es que así andemos para controlar el calor y la cantidad de ropa sucia que generamos. Y pues voy de aquí para allá con un trapito para disque sacudir mientras hablo por teléfono con alguien.

Hay cosas que no dejo de hacer. Cocinar para mi familia por ejemplo porque pues hay que comer. Estar pendiente de mis chamacos para que no terminen colgándose el uno al otro de la lámpara. Del señor de la casa por supuesto, que el pobre si tiene que trabajar y se le pega la flojera de los demás pero está al pie del cañón. Vaya, hay cosas que no puedo dejar de hacer.

Al igual que los niños, no tengo hora de levantarme ni de acostarme. Y hago lo que quiero cuando quiero. Veo series, leo, me duermo un rato. Me obligo a correr mínimo un día si y un día no para no perder la condición tan gacho. Me tomo una cerveza o dos o varias.

En fin, me estoy dando todos los permisos que no me doy nunca y me siento de lo más feliz.

Estas vacaciones en encierro, me están sabiendo bien rico. Ahí les cuento la siguiente semana si sigo igual.

Gracias por leer. Felices vacaciones, si las tienen. ¡Disfruten!

#LaPeorMamá