En general, me considero una persona muy positiva. Todo, absolutamente todo lo que sucede en mi vida siempre tiene algo positivo, y si no es algo muy visible se lo busco hasta encontrarlo. De esa forma me mantengo mucho más feliz.

Como ya les he contado, el encierro me ha traído muchas cosas buenas. He disfrutado muchas situaciones que antes, por prisa, rutina o que se yo, ni siquiera percibía.

Pero no todo es felicidad, no señor.

El domingo, el domingo me pegó. El domingo desperté y me encontré a una mujer completamente diferente a la que había visto hasta ese día en el espejo.

Me sentía completamente abatida.

Todo el día anduve de capa caída. Nada me hacía sentir contenta. Hice todo lo que tenía que hacer con ganas de no hacerlo. Lo único que quería era estar en mi cama.

De pronto los 28 días de encierro me cayeron todos juntos en la cabeza.

A fuerza de buena voluntad y “positivismo” no deje de hacer nada. Porque eso es lo que me toca.

¿Cuantas veces hacemos las cosas solo porque eso es lo que tenemos que hacer?

Y es que así pasa a veces. Uno, en el afán de que todos esté felices deja de ver su propia felicidad y empieza a hacer un lado algunas cosas.

Y no, no me estoy tirando al drama ni mucho menos. Es algo que yo, en lo personal hago muy seguido. Mi lenguaje del amor son los actos de servicio, así que muchas veces hago más por otros que por mí porque así demuestro mi amor.

Para las 10 de la noche me sentía completamente destruida y exploté. Me fui como hilo de media con el pobre señor de la casa. Que no tenía la culpa de mi depre pero era el que estaba ahí sentado junto a mi en la cama y con quien me desahogué.

Lo bueno es que además del señor de la casa es mi mejor amigo y confidente. Y aunque le agobie mi agobio aguantó como los meros machos.

Esa noche solté de una en una las cosas que me agobian y que no había reconocido.

La lista es larga, como estoy segura que lo es la de muchas otras personas.

El encierro.
Vivírmela lavando ropa y trastes.
Cocinar, levantar, cocinar, levantar, cocinar levantar y volver a empezar.
Ver a las mismas tres personas y un perro todo el día todos los días.
Sacar y sacar basura.
Doblar y doblar ropa.
Leer y ver malas noticias todo el día.
Preguntarme cuanto va a durar esto.
Y un gran etc.

Lloré, lloré mucho, hasta cansarme. Y logré sacar toda mi angustia o al menos gran parte de ella.

Y por fin, me dormí.

El lunes me levanté sintiendo que un tren había pasado sobre mí. ¿No les pasa que cuando lloran se sienten cansadísimos? Pues así estaba yo.

He tenido desde entonces varios días para reflexionar y me he dado el lujo de hacerlo.

Y he llegado a la conclusión de que esto es mucho más difícil de lo que había querido aceptar. Que, aún y cuando no quiera, tendré varios días como el domingo y que eso está bien pues no siempre podemos estar fuertes y felices.

Todos, todos estamos pasando momentos de preocupación y angustia. Todos estamos intentando reinventarnos y acoplarnos a lo que sucede. Estamos aprendiendo, a fuerza, a reestructurar nuestra vida y no es sencillo.

Mi cuerpo y mi mente están cansadas. Aún no logro estar al 100 pero estoy trabajando en ello. El ejercicio y la risa me ayudan y de ahí me estoy agarrando. Y se que vendrán mejores días y probablemente peores, espero que sean los menos.

¿Cuánto falta? Quien sabe. Prefiero pensar en lo que ya pasamos, en esos 31 días que ya sorteamos.

¿Qué mas viene? No lo se. Prefiero pensar en las enseñanzas que me dejará cualquier sorpresa que llegue.

No, no soy una super mujer, ni super esposa, ni super mamá. Hago mi mejor esfuerzo y doy lo mejor de mi porque ellos y yo lo merecemos pero si algo me enseñó el derrumbe que sufrí este fin de semana es a no culparme por tener malos días, esos también se necesitan para valorar lo que si hay.

Y ustedes ¿cómo se sienten? ¿Se han desahogado? Por favor háganlo, con quien quieran, pero háganlo. Y si alguien necesita ser escuchado me ofrezco de todo corazón a servir de escucha sin juzgar.

Ánimo, vamos por lo que venga.

Gracias por leer

#LaPeorMamá