Como ustedes saben, y si no, igual les cuento. Me dedico básicamente a mi casa. Osea, soy ama de casa, administradora del hogar o como quieran llamarle. Hace un tiempo comencé la hermosa y gratificante labor de impartir cursos de Paternidad Efectiva, lo cual en verdad me hace muy feliz.

Siempre he acomodado los horarios de mis cursos de tal forma que no interfieran con los de mis hijos. Los daba en las mañanas, cuando estaban en la escuela o en las noches cuando ya estaban dormidos.

Cuando empezó esto de la pandemia, estaba yo a medio curso y logré terminarlo aún y cuando los niños estaban en la casa, pues en verdad ellos son muy comprensivos y respetuosos cuando su papá o yo estamos trabajando.

Así que muy valientemente, me aventé a dar otro curso. Claro, después de la mudanza porque eso ya era demasiado.

Y pues si. Comencé cursos. Comenzaron clases y todo iba a ir perfecto, según yo. Pero claro, entraron a una escuela nueva y hay algunas cosas que no tomé en cuenta.

Sobre todo con #miniplausi. Ella trabaja perfecto sola, pero las formas en la nueva escuela son diferentes y tengo que estar a las vivas por si a alguna maestra se le ocurre que es un excelente momento para pedir que los papitos y las mamitas les ayuden a entrar a una liga de computación para hacer el trabajo. Eso no sucedía en la otra escuela.

Así que mis sesiones de las mañanas con mis alumnas se han vuelto ejemplos presenciales cuando alguno de los dos se acerca porque algo necesita. Lo bueno es que si predico con el ejemplo.

El señor de la casa se la super rifa porque durante dos horas los miércoles hace también circo maroma y teatro para no tener llamadas o juntas y estar atento de lo que puedan necesitar, pero no siempre es posible. Así que nos acomodamos o se acomodan los niños, ya no se.

Pero invariablemente los miércoles que tengo sesión en la mañana, termino como si un camión me hubiera pasado por encima por lo estresante que me resulta la situación.

En los últimos días mi trabajo ha crecido pues estoy promoviendo cursos y hay que postear, contestar mensajes, hacer llamadas, convencer, preguntar, regresar a preguntar y no he soltado mi computadora o mi celular un segundo.

Mis hijos me preguntan que si así va a ser siempre, que porque estoy trabajando igual que papá y yo solo puedo pensar que tienen toda la razón en preguntarse porque la atención se hace menos de repente. Y sigo y sigo trabajando porque me gusta porque me hace feliz, pero me entra la culpa por momentos.

Aquí es donde viene mi gran pregunta para usted mamá y papá que trabaja tiempo completo home office por pandemia con 1, 2, 3 o más chamacos en casa asistiendo a su escuela en línea. ¿Cómo carambas le hacen?

Yo, con lo que hago de la chamba en los tiempos que puedo y la casa siento que no termino. No se como pueden lograr trabajo tiempo completo, cocinar, limpiar la casa y atender a la maestra cuando les dice “Papitos si me apoyan ayudando a su hijo a…”

¿Cómo priorizan las actividades? Los hijos son lo más importante, pero la chamba es importantísima también. Si no hay trabajo no hay comida para las criaturas. Pero ellos exigen tiempo y atención y el jefe obvio también.

¿Tienen algún momento para tomar un respiro? ¿Están a punto de mandar todo a volar o ya le agarraron la onda? ¿Mueren, como yo, por que los chamacos vuelvan a la escuela? O ¿mueren por volver a la oficina?

Cuando platico con mis amigas y amigos que tienen un trabajo de tiempo completo me siento fatal de quejarme de cualquier cosa porque en realidad yo soy muy bendecida por poder acomodarme como mejor pueda y cuando mejor pueda mi trabajo.

Antes pensaba, “que padre tener un trabajo e irme a la oficina y desentenderme de la casa, ver a otras personas”. Hoy pienso: “que bueno que no se me ocurrió regresar a trabajar porque ahorita, en esta situación, no se si lo hubiera sobrevivido”.

De verdad, creanme cuando les digo que SON UNOS HEROES Y HEROINAS. Toda, toda mi admiración para ustedes. TODA.

Gracias por leer

#LaPeorMamá